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  • Cuba excarcela a más de 6.500 presos en medio de la epidemia de C0vid-19

    Cuba excarcela a más de 6.500 presos en medio de la epidemia de C0vid-19

    Cuba ha excarcelado a 6.579 presos en medio de la pandemia de Covid-19, que hasta este jueves deja 61 muertos y 1.500 positivos en la isla, donde se aplican fuertes penas por delitos de «propagación de epidemias» y aún no se reportan casos de coronavirus en prisiones.

    El presidente de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo cubano, Otto Molina, especificó que en marzo y abril fueron liberadas 421 personas que cumplían prisión provisional y ahora esperarán juicio en sus hogares con las «restricciones correspondientes», mientras que a otros 6.158 se les concedió la excarcelación anticipada.

    En el caso de estos últimos, «el Tribunal valoró que con el tiempo cumplido (de la condena) no es necesario llegar al final de la pena en reclusión» y decidió conceder la libertad condicional y licencias extrapenales a los presos, explicó Molina en la televisión estatal cubana.

    Cuba se encuentra en fase pre-epidémica con transmisión autóctona limitada de Covid-19 y el Gobierno mantiene fuertes medidas que incluyen la limitación de movimientos, la suspensión del transporte público, el cierre de fronteras, la clausura de grandes centros comerciales, aunque sin decretar aún el confinamiento obligatorio.

    Las autoridades cubanas aseguran que de momento no hay brotes ni casos de Covid-19 en las prisiones de la isla, donde se ha extremado la prevención para evitar contagios y se han establecido periodos de aislamiento para los nuevos reclusos.

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  • La «Ley Azote», otro instrumento del régimen cubano para reprimir la información durante la pandemia

    La «Ley Azote», otro instrumento del régimen cubano para reprimir la información durante la pandemia

    Con la expansión de la Covid-19 el régimen cubano reactivó otra arma blanca, a través del Decreto-Ley 370, con la finalidad exclusiva de coartar la libertad de prensa y de expresión en la Isla.

    Aprobado por el Consejo de Estado, el Decreto-Ley 370/2018 también conocido como Ley Azote se configura como otra estrategia represiva del Partido Comunista -único legal en el país- para atomizar a la sociedad civil, hostigar al periodismo independiente y criminalizar las voces disidentes.

    Durante los últimos dos meses, al menos una veintena de periodistas independientes han sido blanco de amenazas, hostigamiento, multas, actos represivos, e interrogatorios por parte de la policía política en medio del aislamiento social decretado tras el avance del Covid-19, hechos repudiados por varias organizaciones mundiales.

    Los casos de periodistas independientes como Mónica Baró; Camila Acosta; Niober García Fournier; Yoe Suárez; Waldo Fernández Cuenca, y Julio Antonio Aleaga han sido emblemáticos por el ensañamiento del Departamento de Seguridad del Estado no únicamente contra sus personas, sino que también se ha hecho extensivo contra los familiares de estos informadores.

    Privación de la custodia de hijos, deportación de uno de los cónyuges a provincias de orígenes, interrogatorios a familiares, y aperturas de procesos penales por delitos como Propagación de epidemias y Difusión de falsas noticias -ambos prevén penas de cárcel-, son varias de las amenazas que denunciaron estos reporteros independientes.

    En la «zona negra» de RSF

    La organización Reporteros Sin Fronteras (RSF) colocó a Cuba en la llamada «zona negra» en la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa 2020, juntos a regímenes como China; Corea del Norte; Eritrea; Guinea Ecuatorial y Egipto. Para RSF el régimen de la Isla «se estanca en las profundidades de la clasificación y sigue siendo el país peor clasificado de América Latina en cuestión de libertad de prensa».

    Dos reportajes publicados en el diario estatal Granma -órgano oficial del Partido Comunista- respondieron que RSF era «incondicional a Washington».

    «Se nos podría señalar de muchas cosas, pero nunca se podrá cuestionar nuestro ejercicio de defensa de la verdad, el culto a la libertad y a la dignidad plena del hombre declarado en nuestra Constitución, esencias que definen el ejercicio de nuestro periodismo, libre y soberano como la tierra que defendemos», apuntó uno de los reportajes, firmado por el exagente de la Seguridad del Estado Raúl Antonio Capote, alias Daniel.

    Una retórica que contradice la realidad que revelan los periodistas y medios independientes, y las denuncias de la sociedad civil en las redes sociales. Al asegurar Capote que RSF no podría «mencionar en Cuba un solo nombre de periodista muerto, preso o torturado» olvida, a sabiendas, el simple ejemplo de Roberto Jesús Quiñones Haces, encarcelado desde 2019 en la provincia Guantánamo, por dar cobertura al juicio celebrado contra el matrimonio Rigal-Expósito, también encarcelados por la decisión de educar a sus hijos en casa.

    Multas de 120 euros

    En un país donde el salario promedio no supera los 50 euros mensuales, Mónica Baró, Camila Acosta, Niober García Fournier y Julio Antonio Aleaga les impusieron multas de unos 120 euros, en virtud del Decreto-Ley 370, que entre sus objetivos contempla «consolidar el uso y desarrollo de las Tecnologías de Informática y las Comunicaciones, como instrumento para la defensa de la Revolución».

    Una organización de #Cuba y otra de #Argentina rechazan la aplicación del Decreto Ley 370 en la Isla. https://t.co/32Dd7aOvmS

    — Diario de Cuba (@diariodecuba) April 24, 2020

    «La informatización de la sociedad en Cuba desempeña un papel significativo en el desarrollo político, económico y social del país y constituye un medio efectivo para la consolidación de las conquistas del Socialismo y el bienestar de la población […] siendo necesario emitir la norma jurídica que regule la informatización de la sociedad en Cuba», justifica el del Decreto-Ley 370.

    El Covid-19 aumenta la represión

    Por su parte, el subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental de Estados Unidos, Michael Kozak, alertó que el régimen de La Habana ha usado la crisis sanitaria por el Covid-19 para recrudecer la represión contra los periodistas independientes.

    «El régimen de Castro debería enfocarse en asegurar el bienestar del pueblo cubano. En vez de eso, el régimen usa el Covid-19 como una excusa para acosar a periodistas que simplemente reportan los hechos», comentó Kozak a mediados de abril.

    No se debe olvidar que en mayo de 2019 el presidente del Tribunal Supremo Popular de Cuba, Rubén Remigio Ferro, amenazó con reactivar la Ley 88, conocida como Ley Mordaza, contentiva de apartados destinados a reprimir el periodismo independiente en la Isla y a toda acción que, «en concordancia con los intereses imperialistas persiguen subvertir el orden interno de la nación y destruir su sistema político, económico y social».

    Bajo la Ley Mordaza fueron penados a largas condenas de cárcel, en la primavera de 2003, setentaicinco disidentes. De los juzgados en este proceso, conocido como la Primavera Negra, veintisiete eran periodistas independientes.

    Documentos filtrados de los ejercicios militares Bastión 2016, ejecutados por las Fuerzas Armadas, revelaron que, los periodistas independientes serían el primer objetivo a inmovilizar en caso de protestas masivas contra el régimen en la Isla.

    Jorge Enrique Rodríguez. Corresponsal en La Habana

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  • La triste historia del héroe de Cascorro que la prensa nunca contó durante la Guerra de Cuba

    La triste historia del héroe de Cascorro que la prensa nunca contó durante la Guerra de Cuba

    Por Israel Viana. Madrid – En la plaza del Cascorro, en el corazón del viejo Madrid, justo donde comienza el Rastro, se alza la estatua de Eloy Gonzalo. Muchos españoles saben poco de este soldado y de lo que le hizo merecedor de un monumento, pero la generación que vivió la terrible Guerra de Cuba lo conoció bien. Era el gran héroe de España. Se podría decir, incluso, que el único que alcanzó verdadera fama en los medios de comunicación tras protagonizar uno de los episodios bélicos más trascendentes de aquel conflicto.

    Como decía la revista «Blanco y Negro» el 30 de enero de 1897: «Es, sin duda, el soldado que más popularidad ha alcanzado en la presente guerra. Compendían en él la heroicidad y la bravura de los defensores de Cascorro. Se había prestado voluntariamente a romper el cerco incendiando una casa ocupada por el enemigo y, como creyó segura su muerte, mandó que le atasen una cuerda para que, tirando de ella, sus compañeros impidiesen que el enemigo profanase su cadáver». Lo que ningún periódico ni esos años ni los siguientes fue la triste y curiosa historia que escondía nuestro héroe de aquel enfrentamiento que culminó con la derrota de España, la independencia de Cuba y una nueva era de imperialismo mundial para Estados Unidos.

    Todo comenzó para Gonzalo pocas horas después de su nacimiento en Madrid, el 1 de diciembre de 1868, cuando fue abandonado a las 11 de la noche en la inclusa de las Hermanas de la Caridad de la calle Mesón de Paredes, en el barrio de Lavapiés. El frío de aquel invierno fue mortal, pero encontrarona al recién nacido a tiempo. Entre la ropa llevaba una nota para las religiosas –hoy conservada en el Archivo Regional de la Comunidad de Madrid–, que decía: «Este niño nació a las seis de la mañana. Está sin bautizar y rogamos que le ponga por nombre Eloy Gonzalo García, hijo legítimo de Luisa García, soltera, natural de Peñafiel. Abuelos maternos, Santiago y Vicenta».

    De familia en familia

    El futuro soldado nunca conoció a sus padres, puesto que fue adoptado a los pocos días por la esposa de un guardia civil que acababa de perder a un hijo recién nacido y aún podía darle de mamar. Buscaba, además, los 60 reales bimensuales que le daban de ayuda para sufragar su educación y que a buen seguro le hacía falta. Con esta familia vivió su infancia nuestro héroe, entre los pueblos de San Bartolomé de Pinares (Ávila) y Robledo de Chavela (Madrid). Sin embargo, la ayuda solo se entregaba hasta que el huérfano cumplía los 11 años, de manera que, al alcanzar esa edad, en 1879, no quisieron seguir manteniéndolo a su costa y lo entregaron a otra familia de Chapinería, otro pueblo de Madrid. Detalles de su vida que cuando la prensa de la época reseñaba sus hazañas nunca contó.

    Estatua de Eoly Gonzálo en la plaza de Cascorro, en Madrid – José Manuel Mata

    Allí se instaló Gonzalo para ganarse la vida como jornalero, peón de albañil, carpintero y aprendiz de barbero, hasta que fue llamado a filas en 1889. En su ficha se le describe como un hombre de pelo castaño, ojos azules y 1,75 metros de estatura. Fue destinado al Regimiento de Dragones Lusitania, 12º de Caballería, donde ascendió al rango de cabo dos años después por su buen comportamiento y su eficiencia en el servicio. En el Ejército encontró su sitio y su razón de ser. Se sentía orgulloso del servicio que prestaba a España tras ser abandonado por su madre y haber llevado una vida de penurias y poco afecto.

    Pero no se acabaron aquí las tragedias. En 1892 pasó al Cuerpo de Carabineros del Reino y, en el verano de 1894, fue destinado a la Comandancia de Algeciras. Había encontrado por fin una «familia adoptiva» en la que desarrollarse. Tal es así que, pocos meses, consiguió la seguridad suficientes como para pedirle permiso a sus superiores para casarse con una muchacha que había conocido en la localidad gaditana. Fue entonces cuando su vida, en el momento más feliz, se vino abajo: en febrero de 1895, sorprendió a su prometida en la cama con un joven teniente. Esta nueva y doble traición –la de su novia y la de un oficial– fue demasiado para él y Gonzalo zarandeó al teniente y le amenazó de muerte con su pistola.

    Consejo de guerra y prisión

    El oficial elevó una queja que acabó en un tribunal militar y nuestro protagonista fue arrestado y sometido a un Consejo de Guerra, en el que fue condenado a 12 años de prisión en Valladolid por un delito de insubordinación. Tenía 27 años y debería haber abandonado la cárcel a los 42, pero en agosto de 1895 el Congreso aprobó una ley de amnistía para todos aquellos presos dispuestos a luchar en la recién comenzada última fase de la Guerra de Cuba. «Algo parecido a lo que hizo Estados Unidos sesenta años más tarde, cuando envió a convictos a la selva de Vietnam», apunta John Lawrence Tone en «Guerra y genocidio en Cuba, 1895-1898» (Turner, 2006).

    En noviembre, Gonzalo se acoge a esta nueva ley y pide que lo envíen a la isla para, tal y como expuso en su petición al ministro de Guerra, «limpiar su honra, derramando la sangre por la patria». La lenta maquinaria de la administración agilizó los trámites para aprobar su petición, ya que era necesario el máximo contingente posible para luchar contra los insurrectos cubanos. Así, el 25 de noviembre de 1895 embarca en un vapor en La Coruña con destino a La Habana, donde se incorpora al regimiento María Cristina, para un año después ser destacado en la famosa guarnición de Cascorro, a 60 kilómetros al sureste de Camagüey, en el centro de la isla.

    Como defiende Lawrence en su libro, aquel era el lugar perfecto para poder extirpar la culpa con su propia sangre: «Cascorro era indefendible, y el Ejército español nunca debería haber intentado conservarlo. El comandante supremo en Cuba, el capitán general Valeriano Weyler, que llegaría a ser conocido por el público americano como el “Carnicero”, admite en sus memorias que este enclave carecía de importancia militar, además de ser un objetivo muy fácil para los insurrectos cubanos. Con el tiempo, Weyler acabaría abandonando este y otros puestos aislados e inútiles, pero no antes de que Máximo Gómez y Calixto García [jefes del Ejército independentista] iniciaran su asedio el 22 de septiembre de 1896».

    El combate con 2.000 cubanos

    El panorama de la guarnición al comienzo del combate era desolador. Frente a los dos mil hombres del Ejército Libertador, los españoles solo tenían 170. Estaban diezmados y debilitados por la disentería, la malaria, el tifus, la fiebre amarilla y otras enfermedades y carecían de víveres y municiones suficientes para resistir un combate largo. Tampoco disponían de artillería para responder a los tres cañones cubanos de 70 milímetros. Conociendo su aplastante superioridad, García propuso las condiciones de la rendición, pero el comandante de la guarnición, el capitán Francisco Neila, no quiso ni hablar de ello.

    Los cubanos dispararon entonces 219 obuses de artillería sobre los tres pequeños fuertes que defendían Cascorro, matando e hiriendo a 21 soldados. La potencia y precisión de los rifles españoles mantenía a raya a los insurrectos, pero no por ello la situación dejaba de ser insostenible, sobre todo después de que estos tomaran un edificio a escasos 50 metros del fuerte principal, poniendo en grave riesgo la posición española. Tan cerca que incluso los anticuados rifles Remington y Winchester de los insurrectos podían matar de un solo disparo, por lo que Neila ideó un plan desesperado para salvar la situación.

    En ese momento solicitó un voluntario para que penetrara tras las líneas enemigas e incendiara el edificio en cuestión. Era un trabajo perfecto para un exconvicto que ansiara redimirse. Gonzalo levantó la mano y puso una única condición: tenían que atarle con una soga larga para que, cuando le mataran, como estaba seguro de que ocurriría, su cuerpo sin vida pudiera ser rescatado por sus compañeros. Y el 5 de octubre, protegido por la oscuridad, se dispuso a ejecutar la operación con un fusil máuser, una lata de petróleo, unas cerillas y muy pocas esperanzas.

    La liberación de Cascorro

    «La angustia permaneció dibujada en la cara de los defensores, todos pendientes de una cuerda, hasta que empezaron a ver la luz del fuego que comenzaba a devorar el edificio. Lo había conseguido y estaba con vida. Aprovechando el incendio, los españoles realizaron una vigorosa salida contra los sitiadores en la que también tomó parte el valiente soldado que, con su acción, había salvado el destacamento. La resistencia aún tuvo que durar unos días, hasta que, el 6 de octubre, una columna de socorro liberaba la guarnición de Cascorro. La noticia corrió como la pólvora y pronto llegaron los reconocimientos: una medalla pensionada, felicitaciones, donativos y actos públicos», cuenta el historiador Germán Segura García en su artículo «Eloy Gonzalo, héroe de Cascorro» (Revista Española de Defensa, 2018).

    En España, la hazaña de Eloy produjo un gran impacto. En la Guerra de Cuba, todas las batallas que se habían librado hasta ese momento fueron de nula trascendencia. Los insurrectos se habían dedicado, sobre todo, a quemar propiedades, volar trenes y atacar puestos aislados, mientras los españoles intentaban apresarlos sin éxito. En medio de esta triste campaña, el heroísmo de nuestro protagonista enalteció el ánimo de los españoles: había conseguido un éxito militar que parecía inalcanzable, dando muestras de un extraordinario valor, regresando sano y salvo de su misión. «Uno de los episodios más gloriosos de estos último días ha sido, sin duda, el sitio del poblado de cascorro», resaltaba «Blanco y Negro» en su edición del 24 de octubre de 1896, dos semanas después de haberse producido este.

    La guerra, sin embargo, continuó y el héroe de Cascorro siguió combatiendo activamente en la región de Matanzas, tratando de reducir a las últimas partidas rebeldes durante la primera mitad de 1897. Hasta que el 6 de junio ingresaba en el Hospital Militar de esta ciudad. El 17 del mismo mes, fallecía como consecuencia de una infección intestinal provocada por la mala alimentación del Ejército, la cual le produjo una enterocolitis ulcerosa gangrenosa. Esta enfermedad se manifestaba con episodios de diarrea, cólicos abdominales y fiebre, los cuales padeció durante doce días hasta que sucumbió. A diferencia de muchos de los 50.000 españoles muertos en Cuba, el cadáver de Gonzalo fue repatriado al terminar la lucha en 1898. En 1901, ya se publicaba en la prensa la imagen de su estatua en el Rastro prácticamente colocada.

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  • ¿Por qué es tan difícil pillar a un mentiroso?

    ¿Por qué es tan difícil pillar a un mentiroso?

    Por Jaime G. Mora

    Dice Malcolm Gladwell (Fareham, Inglaterra, 1963) que cuando le presentó a su editora la idea para su nuevo libro ella le dijo la cosa más británica que había oído nunca: «¡Muchos tabúes! ¡Me encanta!». Gladwell aborda en «Hablar con extraños» (Taurus, 2020), su sexto libro, temas tan diversos como los engaños de Hitler a Chamberlain en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, la infiltración de espías cubanos en el seno de la inteligencia estadounidense, la dificultad de pillar a un pederasta, aun cuando hay pruebas que lo señalan, o por qué la policía de Estados Unidos no es necesariamente racista.

    El reportero de «The New Yorker» aplica aquí el mismo método que tan bien le ha funcionado en sus anteriores trabajos: explicar aspectos controvertidos de la realidad a partir de investigaciones científicas y experimentos sociales. Un lenguaje claro y preciso, alejado de tecnicismos, y una decidida voluntad didáctica rematan el método Gladwell. El nexo de unión entre todos los casos que describe en Hablar con extraños tiene que ver con la respuesta a la siguiente pregunta: ¿Por qué no podemos darnos cuenta de que el desconocido que tenemos enfrente nos está mintiendo a la cara? Jueces, policías, espías, políticos. A todos se les da igual de mal detectar la mentira; nada hay tan humano como no pillar a un mentiroso.

    El de Chamberlain es un caso de manual. Ante la imparable escalada bélica de Hitler y viendo que apenas ningún líder mundial lo había conocido personalmente, el ex primer ministro británico concertó una cita con el canciller, que lo convenció de que lo único que quería era apoderarse de los Sudetes. En un segundo encuentro incluso firmó un papel garantizando que sus ambiciones se limitaban a Checoslovaquia. «Ahora cada uno de nosotros entiende a la perfección qué hay en la mente del otro», dijo a los británicos un triunfal Chamberlain, que se jactaba de haber asegurado la paz: «Ahora, os recomiendo que os vayáis a casa y durmáis plácidamente en vuestras camas». Once meses después, Hitler invadió Polonia.

    Chamberlain incurrió en el sesgo de veracidad: «La hipótesis de la que partimos es que la gente con la que tratamos es sincera –explica Gladwell–. Crees a alguien no porque no tengas dudas sobre ellos. Creer no implica ausencia de dudas. Se cree a alguien porque no se tienen dudas suficientes acerca de esa persona. La pregunta adecuada es: ¿Había suficientes indicios para ir más allá del umbral de confianza? Si no los había, entonces, al optar por la veracidad, solo se estaba siendo humano».

    Les pasa también a los espías, incluso en los todopoderosos Estados Unidos, que han protagonizado fracasos tan rotundos como el de Ana Montes. Así se llama la mujer que durante años, mientras subía en el escalafón de la inteligencia estadounidense, informaba a Cuba de todo lo que se proponía el archienemigo. Durante ese tiempo llegó a ser condecorada en persona por Fidel Castro. La Reina de Cuba no era especialmente brillante y hubo quien dudó de ella, pero solo fueron capaces de atar cabos cuando fue descubierta.

    «Funcionaron bajo el supuesto de que estaba diciendo la verdad y, casi sin darse cuenta, cuadraron todo lo que ella había dicho con esa hipótesis inicial –explica Gladwell–. Necesitamos un disparador para salir del sesgo de veracidad». Es lo que ocurre cuando se trata de descubrir a un pederasta. «Las dudas no son enemigas de la creencia, son sus compañeras»: las primeras sospechas rara vez son suficientes.

    Hay un segundo herramienta que usamos para juzgar a los desconocidos: la transparencia. «Cuando no conocemos a alguien, creemos que podemos discernir quién es a través de su comportamiento y de su conducta», dice Gladwell. Pero esta idea es un mito. Juzgar la sinceridad de las personas basándonos en su comportamiento no funciona, ni siquiera a los jueces. Un estudio indica que, como promedio, solo identifican de forma correcta a los mentirosos un 54 por ciento de las veces, apenas algo mejor que por casualidad.

    El tercer elemento estudiado en «Hablar con extraños» es el del acoplamiento, esto es, tratar de entender al desconocido por el universo en el que se mueve. Si la policía de Kansas City logró atajar la alta criminalidad en esta zona caliente durante los años 90, cuenta Gladwell, no fue solo porque los agentes ignoraron la tendencia natural al sesgo de veracidad y se aplicaron con contundencia en la búsqueda de armas, sino porque se desplegaron en un lugar y en un contexto que lo posibilitaban.

    Cuando la policía ha exportado este modelo al resto del país sin tener en cuenta las distintas particularidades, ha derivado en acusaciones de abuso de autoridad o los diecisiete días consecutivos de disturbios de Ferguson, tras la muerte de un joven afroamericano por los disparos de un agente.

    Un trabajo policial agresivo conlleva riesgos para la legitimidad de la autoridad del mismo modo que una sociedad en la que todo el mundo desconfiara de los demás se hundiría. Aunque necesitamos a gente que sepa desactivar peligros como el de Hitler, normalmente se suele decir la verdad: «Lo que obtenemos a cambio de ser vulnerables a una mentira ocasional es una comunicación eficiente, así como coordinación social».

    Si el mundo funciona, si tenemos la capacidad de socializar o de hacer que la economía avance, es porque presuponemos que la gente es sincera. Los beneficios son enormes.

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